En las décadas recientes, la cultura musical ha agrupado una buena parte de su actividad creadora alrededor de una de sus figuras más representativas:
El Dj –siglas de la expresión inglesa disc-jockey— una suerte de sacerdote-maestro de ceremonias que preside y anima fiestas y reuniones musicales, escogiendo y editando ritmos, ciclos, mezclas, así como muestras de canciones, sonidos de películas, programas de televisión o la vida cotidiana –verdaderas citas sonoras conocidas como “sampleos”.
Su influencia y participación resultan determinantes en una gran variedad de corrientes musicales: el dub, el house, el tecno, el trance, el hip hop, el rock, y sus infinitos géneros y subgéneros. En su grado más elemental, el gesto creador de los Dj se origina en el simple acto escoger y ordenar la música que se va a escuchar, enlazando piezas y canciones para crear combinatorias musicales.
En la actualidad, esta estirpe creativa ha penetrado en los terrenos de la cultura popular, mediante la ética y la estética de los Djs, confirman la noción de que un verdadero alumbramiento puede producirse a partir de la manipulación imaginativa de las obras ajenas.
Con sus actos de ensamble y disección, la figura del Dj revela que el pasado no es una entidad definitiva, sino un territorio de intervención creadora, tan vivo y flexible como el futuro o el presente. Al poner en duda el carácter irreversible de la tradición, el artista combinatorio descubre a la memoria como una zona de actividad libre y la despoja de sus funciones como mito legitimador. Destruye la idea del pasado como fatalidad…
“La tradición, no es herencia sino conquista. Conquistar el pasado no es un mandato sino una provocación.”
El disc jockey ha pasado de ser un simple programador que ponía un disco tras otro a ser un músico creativo. Fue una rebelión, es como el arte. Los discos son como los colores del artista y con ellos se hacen nuevas composiciones".
